En cuanto se despierta nuestros ruidosos vecinos nos levantamos antes de que empiecen a entrar y salir y nos helemos.
Está lloviendo, y tiene pinta de estar así todo el día, así que nos preparamos con los chubasqueros, pantalones impermeables, dos pares de calcetines con un plástico entre medias y una bolsa de congelados con cinta americana encima de las zapatillas, y gorros de baño encima del casco.
Desayunamos las tostadas, galletas y demás cosas que nos ha dejado la simpática casera y nos ponemos en marcha.
Salimos por una carretera local hasta encontrar el camino. Está lloviendo a cántaros, pero decidimos no tomar la nacional e ir por el camino que, aunque está embarrado, es precioso entre bosques.
Cuando llegamos al puente medieval de Furelos vemos que tenemos barro hasta las orejas. Bueno, quien dice barro, dice esa especie de puré de verdura que hay cuando llueve en los caminos por los que transitan vacas.
En Melide decidimos entrar a desayunar, pero antes de entrar tenemos que adecentarnos un poco para que no nos echen a patadas, nos quitamos el chubasquero y guantes y nos bajamos los pantalones de plástico hasta los tobillos antes de entrar.
Después de una tortilla y una empanada seguimos por el camino entre bosques, que además de volverse aun mas bonito, se vuelve también más complicado, incluso tenemos que pasar un río bastante profundo por unas piedras.
Tras una pronunciada subida llegamos a Ribadiso y un poco mas adelante a la entrada de Arzúa vamos una gasolinera con pistolas a presión un nos lavamos no solo las bicis sino a nosotros mismos. Justo cuando vamos a retomar el camino llegan a la gasolinera nuestros amigos, los dos jubilados catalanes Josep y Joaquin, y nos cuentan sus aventuras desde la última vez que nos vimos, incluida la caída de la bici de Joaquin al río en el paso de las piedras. Ellos pensaban hacer una etapa un poco más corta que nosotros, pero al final se animan y llaman para reservar en el albergue de Santa Irene para los cuatro.
Seguimos por el camino y en un par de km volvemos a estar hasta arriba de barro. En un enorme barrizal estoy a punto de quedar encallado, pero al final consigo salir, eso si, con un mazacote de barro hasta los radios, que tengo que meter la bici en el río para lavar las ruedas y que no se atasquen los frenos.
Llega la hora de comer y nos comemos unos huevos con chorizo, empanada de bacalao, tarta de Santiago y un plátano en el bar Tía Dolores en la aldea Calle.
Llegamos en torno a las 5:00 al albergue y antes de dejarnos entrar nos mandan al jardín a dar un manguerazo a las bicis (y a nosotros mismos)
Despues de instalarnos y ducharnos cenamos con Josep y Joaquin (sopa, merluza y melocotón y piña en almíbar) y después de un rato al lado de la chimenea -que estaba rodeada de las botas mojadas de todos los peregrinos hospedados- viendo el comienzo de la semifinal de Federer del Open de Madrid, nos acostamos en nuestra habitación de 4, que aunque es amplia y bonita, resulta ser muy fría.
sábado, 16 de mayo de 2009
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